Enfermedades cardiovasculares como causa de dependencia en ancianos: la necesidad de la prevenciónPresidente de la Sección de Cardiología Geriátrica de la Sociedad Española de CardiologíaManuel Martínez-Sellés
Es bien conocido que las patologías cardiovasculares son la primera causa de muerte en nuestro país, de forma global, pero, particularmente, en mayores. Esto sucede, sobre todo, a expensas de la cardiopatía isquémica, la enfermedad vascular cerebral y la insuficiencia cardíaca. Pues bien, estas afecciones prevalentes, además de producir con frecuencia la muerte de nuestros pacientes, también son motivo de dependencia. De hecho, en algunos estudios realizados en mayores de 65 años, el principal motivo para la situación de dependencia fue éste.
La enfermedad cerebrovascular, por sí sola, se ha constituido en la primera causa de deterioro funcional y, además, puede conllevar o agravar condiciones que se asocian con la dependencia funcional, como el deterioro cognitivo, depresión, trastornos en la comunicación, en la marcha e incontinencia urinaria, entre otras alteraciones. En el caso de la cardiopatía isquémica, la mejora de los tratamientos de los síndromes coronarios agudos ha permitido un aumento de la supervivencia y, con frecuencia, una cronificación, que se traduce en situaciones de insuficiencia cardíaca. Pero esta patología, que es la primera causa de hospitalización en mayores de 65 años, tiene como principal etiología, precisamente, la cardiopatía isquémica que, junto con la hipertensión arterial, es el motivo más frecuente de llegar a esta situación de fallo del corazón. En este panorama sombrío, tenemos que destacar que las enfermedades cardiovasculares, en su mayoría, son patologías que se pueden prevenir con un buen control de los factores de riesgo. Sin embargo, los mayores raramente se ven como destinatarios de los mensajes. En este sentido, las campañas de prevención son claves pero, en ocasiones, poco acertadas. Con frecuencia se acompañan de imágenes de personas jóvenes, o como mucho de mediana edad, a las que se presenta haciendo ejercicio, eligiendo alimentos saludables o dejando de fumar, lo que puede provocar que algunos mayores tiendan a pensar “esto no es para mí” o “en mi caso ya es demasiado tarde”. Por otra parte, los médicos tendemos a recomendar más medidas preventivas en personas de menos edad, cuando el beneficio de una vida sana es igual o superior en los mayores. Esta conducta debe cambiar, ya que, como la modificación de los estilos de vida a edades avanzadas es más dificultosa, el apoyo de los facultativos, del sistema sanitario y de la sociedad es fundamental a la hora de motivar. También, los pacientes deben concienciarse de la importancia de la prevención porque, aunque lo población mayor se puede beneficiar de las medidas de prevención cardiovascular, múltiples estudios han demostrado que están infrautilizadas por ellos. La prevalencia de la mayoría de los factores de riesgo cardiovascular modificables aumenta con la edad. Lo habitual en un individuo con más de 65 años es que sea hipertenso y, además, tengan otras enfermedades asociadas, relacionadas con la edad como la diabetes. Y es cierto que hasta principios de este siglo no teníamos datos sólidos que demostrasen la eficacia de algunas medidas preventivas en mayores. Pero hoy, las evidencias específicas para la población de edad avanzada, respecto a las bondades asociadas al abandono del hábito tabáquico y el control de la tensión arterial, el colesterol y la diabetes son abrumadoras, por lo que no hay excusa. Es más, los beneficios de las medidas preventivas en los ancianos son incluso superiores a las que obtienen individuos más jóvenes, en particular si nos fijamos en el número evitado de eventos cardiovasculares, como infarto de miocardio o ictus y las situaciones de muerte o dependencia que conllevan estas patologías. Martes, 6 de Diciembre 2011
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